Muere Jorge Martínez: adiós al cerebro homicida del punk español
El rock español pierde hoy a una de sus figuras más incisivas, irreverentes y luminosamente oscuras. Jorge Martínez, fundador y líder de Ilegales, ha fallecido a los 70 años en el Hospital Universitario Central de Asturias, donde llevaba varias semanas ingresado a causa del cáncer que lo obligó a cancelar su gira el pasado septiembre. Se va una de las mentes más afiladas del punk ibérico, un artista que convirtió la violencia poética en una forma de filosofía y que dejó una obra inmensa, incómoda y necesaria.
Jorge no fue nunca el salvaje que muchos querían creer ni tampoco se esforzaba por desmentirlo. Su imagen pública, esa mirada de filo oxidado, la chupa de cuero perpetua y el porte desafiante, era tanto una máscara como una declaración de principios. El famoso stick de hockey en la mano, la mueca torcida, la estética de villano posmoderno: todo era parte del personaje que él mismo diseñó para dinamitar la tradición… y, paradójicamente, para honrarla.
Quienes lo conocieron en Oviedo lo llamaban Jorjón. Lo veían recorrer las calles como un centinela de un mundo que solo él parecía entender, un tipo capaz de observarlo todo desde la altura de su calva mítica y devolver ese afecto extraño, innecesario, pero siempre auténtico. Bajo esa apariencia beligerante vivía un hombre culto, lector secreto, coleccionista de soldaditos de plomo y estudioso del conflicto como motor esencial de la vida.
Nacido en Avilés en 1955 en el seno de una familia con resonancias nobiliarias, Jorge creció entre travesuras, libros, música y un instinto inagotable por romper las costuras del mundo. Pasó fugazmente por Derecho, pasó por orquestinas, pasó por la Asturias de la posguerra con la intensidad de quien atraviesa la infancia con heridas, peleas y rock de radio sonando como anuncio de un destino inevitable.
En 1982, tras ganar la Primera Muestra de Pop Rock de Asturias, Ilegales inicia su asalto a la música española. El primer disco, grabado en 1983 con la portada suicida de Ouka Leele, se convirtió en un artefacto cultural decisivo. Las letras de Jorge eran bisturís: “Bestia, bestia”, “Destruye”, “Europa ha muerto”. En pleno cambio de país, él puso la banda sonora más cruda, más real y más dolorosamente lúcida.
Sus años de oro Agotados de esperar el fin (1984), Todos están muertos (1986), Chicos pálidos para la máquina (1988) quedaron como un tríptico violento y eterno de una España que despertaba entre ruinas, bares, política y excesos. Jorge no pretendió nunca ser Mozart; su obsesión iba por otro camino: explorar las zonas peligrosas del alma humana con un sonido directo, brutal y siempre honesto.
Después, cuando bajó la marea, continuó tan fiel a sí mismo como siempre. Coqueteó con el cha-cha-cha con Los Magníficos, se reinventó sin pretensiones y vivió tres décadas más desde la trinchera personal que siempre fue Oviedo. Allí compartía vinos, recorría Cimadevilla, discutía, provocaba, observaba y seguía componiendo, como un metrónomo humano que marcaba el pulso de un país que todavía necesitaba su ironía y su crudeza.
Su marcha llega en un momento extraño, casi simbólico: un mundo que vuelve a parecerse a aquel contra el que él gritaba en los ochenta. Jorge lo dejó claro en sus canciones: nada cambia, o casi nada. Y quizá por eso su obra sigue vigente, violenta, luminosa, rabiosa, exacta. Porque como escribió, y vivió, el ser humano sigue siendo “un animal extraño”.
Hoy se va un músico, un poeta oculto, un provocador profesional. Se va Jorge Martínez. Pero queda el eco de su risa-lamento, esa que decía no poder contener. Quedan sus discos, su mirada atravesada y su forma de entender el rock: como un combate. Como una verdad incómoda. Como una granada sin espoleta lanzada al escenario para despertar al mundo.




